El problema creciente del mundo. Al menos 100 países apoyan un tratado sobre el plástico.

Día Mundial Libre de Bolsas de Plástico.

La simple bolsa de plástico ha pasado a ser el problema creciente del mundo con los residuos plásticos.

A nivel global, existen siete definiciones de cómo se considera una bolsa de plástico, lo que complica las iniciativas para reducir su proliferación. 

Prohibir las bolsas, así como otros envases de plástico, es el remedio más empleado para frenar los residuos plásticos. Hasta la fecha, 115 países han adoptado esta medida, pero de diferentes formas. En Francia, se prohíben las bolsas de menos de 50 micras de grosor. En Túnez, las de menos de 40 micras de grosor.

Bolsas de plástico ligeras (menos de 50 micras), son las más populares por su presencia en los establecimientos. Bolsas de plástico gruesas (más de 50 micras), son bolsas reutilizables al ser más resistentes por el material plástico con que se producen.

Este tipo de diferencias crea lagunas que permiten que las bolsas ilegales lleguen a vendedores ambulantes y a puestos en los mercados. Kenia, que aprobó la prohibición de bolsas más estricta del mundo en 2017, ha tenido que afrontar las bolsas ilegales introducidas de contrabando desde Uganda y Somalia. Ruanda también lo ha hecho.

Del mismo modo, millones de mosquiteras que Ruanda importó desde Estados Unidos llegaron en envases de plástico cuyo contenido químico no se había revelado, incluso después de que un reciclador ruandés lo preguntara. Esto impidió su reciclaje.

Para multinacionales como Nestlé, que vende productos alimentarios en 187 países, esto significa cumplir con 187 normativas diferentes sobre envases de plástico.

Estos son solo tres ejemplos de los cientos de políticas contradictorias, incoherencias y falta de transparencia arraigadas en el comercio mundial de plásticos, de tal manera que resulta difícil controlar la creciente acumulación de residuos. Las definiciones no solo difieren de un país a otro, sino que tampoco existen normas mundiales para prácticas como determinar qué materiales plásticos pueden mezclarse en un producto, lo que crea una pesadilla para el reciclaje. No existen métodos internacionalmente aceptados para medir los residuos plásticos que se vierten en el medio ambiente. Sin normas uniformes ni datos específicos, solucionar este problema se vuelve imposible.

Pero ahora, la ayuda podría estar en camino. Está aumentando el apoyo a un tratado internacional para abordar el problema de los residuos plásticos. Al menos 100 países han expresado su apoyo a un tratado sobre el plástico, y aquellos involucrados en los debates preliminares creen que podría aprobarse uno a tal velocidad que podría crear cambios, del mismo modo que el histórico protocolo de Montreal de 1987 impidió el agotamiento del ozono estratosférico.

“Básicamente, los gobiernos no podrán hacer lo que se supone que deben hacer si no cuentan con una asociación internacional y un marco legal internacional. No va a funcionar”, afirma Hugo-Maria Schally, jefe de la unidad de cooperación medioambiental multilateral de la Comisión Europea. “Es un problema concreto que pide una solución concreta y un acuerdo global la proporcionará”.

El mensaje de Schally a la industria es directo: “Puedes trabajar con las políticas públicas (para hacer) que el plástico sea sostenible y eso significa que puedes formar parte de la solución, o puedes ponerte a la defensiva y entonces formas parte del problema”.

El principal argumento contra la imposición de un tratado a través de las Naciones Unidas y sus 193 Estados miembros es que las negociaciones pueden alargarse durante una década o más, y en el problema de los plásticos queda poco tiempo.

Cada año se generan 275 millones de toneladas métricas de nuevos residuos plásticos. Hasta la fecha, el 75 por ciento de todo el plástico producido se ha convertido en residuos y se prevé que la producción se triplique para 2050. Una nueva investigación realizada este año sugiere que la acumulación de residuos plásticos en los océanos también se triplicará para 2040, hasta alcanzar una media de 29 millones de toneladas métricas al año.

Con cifras como estas, no es de extrañar que ninguno de los países que más residuos plásticos vierten en el medioambiente haya sido capaz de controlar su mala gestión. Y aunque los tratados internacionales llevan su tiempo, ningún problema medioambiental de esta magnitud se ha abordado de forma significativa sin uno.

La contaminación por plástico lleva en la agenda de las Naciones Unidas desde 2012. En 2019, cuando la Asamblea sobre el Medio Ambiente de la ONU se reunió cara a cara en Nairobi, los debates sobre el plástico se vieron obstaculizados principalmente por Estados Unidos, que se oponía a un tratado vinculante. El único acuerdo que salió de ahí fue la decisión de seguir hablando.

A lo largo de la última década, la situación ha cambiado drásticamente. “En 2015, ningún país ha expresado interés por aplicar un tratado global”, afirma Erik Lindebjerg, que dirige la campaña de residuos plásticos del World Wildlife Fund desde Oslo. Ayudó a supervisar la publicación de The Business Case for a UN Treaty on Plastic Pollution, un informe preparado en colaboración con la Ellen MacArthur Foundation, que detalla cómo un tratado podría resolver diversos problemas empresariales. «En cierto modo, hemos alcanzado un punto de saturación, así que de repente ves las repercusiones por todas partes».

“Hemos cambiado nuestra posición a medida que la situación evolucionaba”, afirma Stewart Harris, directivo del American Chemistry Council que habla en nombre del Consejo Internacional de Asociaciones Químicas, una asociación internacional del sector químico de la que forma parte el ACC. 

“Nos preocupaba el elemento vinculante de un [tratado] global. Creíamos que aún no estamos preparados para eso”, afirma. “Y ahora eso ha cambiado. Ahora creemos que se necesita un instrumento global para ayudarnos a lograr la eliminación de residuos en el medioambiente y ayudar a las empresas a alcanzar compromisos voluntarios”.

La mesa de negociaciones 
Ya están en marcha las conversaciones preliminares, todas orientadas a la próxima reunión presencial en Nairobi, donde se espera que se pueda llegar a un acuerdo para avanzar en los debates sobre el tratado.

Tradicionalmente, los países escandinavos han organizado debates sobre los residuos plásticos, con Noruega, actual presidente de la Asamblea sobre el Medio Ambiente de las Naciones Unidas, en cabeza. Pero otros grupos de países se han reunido y han avanzado la conversación. Ecuador, Alemania, Ghana y Vietnam han celebrado varias sesiones y hay otra prevista para septiembre. Los pequeños países insulares, inundados por los residuos plásticos y que tienen mucho que perder con el cambio climático, han organizado sus propios debates preliminares.

El objetivo general de las primeras conversaciones ha sido fijar una fecha concreta para impedir que el plástico llegue a los océanos. El resto de la agenda se centra en cuatro temas: un conjunto armónico de definiciones y normas que elimine incoherencias como la definición de la bolsa de plástico; la coordinación de objetivos y planes nacionales; el acuerdo sobre normas y metodologías de información; y la creación de un fondo para construir instalaciones de gestión de residuos donde más se necesiten en los países menos desarrollados.

Christina Dixon, especialista en océanos de la Agencia de Investigación Medioambiental, una organización sin ánimo de lucro con sedes en Londres y Washington, afirma que los métodos actuales de gestión del mercado del plástico no son sostenibles. “Tenemos que encontrar una forma de ver el plástico con una lente global. Tenemos un material que es contaminante a lo largo de su ciclo de vida y que traspasa fronteras. Ningún país es capaz de abordar el reto por sí solo”.

La opinión pública también impulsa el cambio.
La contaminación por plástico es uno de los tres problemas medioambientales más acuciantes, junto con el cambio climático y la contaminación hídrica, según una encuesta de 2019 incluida en el informe Business Case for a UN Treaty. Los jóvenes activistas que salieron a las calles en 2019 para protestar por la falta de acción a la crisis climática también han prestado atención a los residuos plásticos. Varios estudios del sector demuestran que la generación Z y los millenials están empujando a los fabricantes de bienes de consumo hacia prácticas más sostenibles.

Además, está la cuestión sencilla de que ahora los bandos opuestos también mantienen conversaciones. 

En 2019, Dave Ford, un exdirectivo de publicidad cuya empresa había acogido a líderes corporativos en caros viajes a la Antártida, África y otros destinos similares, decidió organizar un crucero de cuatro días y un “hablatón” desde las Bermudas hasta el mar de los Sargazos para 165 personas que trabajaban en cuestiones relacionadas con los residuos plásticos. La lista de pasajeros incluía a altos directivos desde Dow Chemical hasta Greenpeace. En un movimiento diseñado para obtener la máxima publicidad, un activista de Greenpeace se alojó con un ejecutivo de Nestlé en lo que a bordo se conoció como “dormir con el enemigo”.

La estrategia funcionó. Muchos de los miembros del crucero siguen hablando y las tensiones que habían acumulado se han relajado.

“Lo que tratamos de hacer es que todas las partes enfrentadas históricamente comprendan qué lugar ocupa cada una”, dice Ford. “En muchos casos, podrían estar más cerca de lo que creen”.
nationalgeographic.com



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