El Palacio Hirsch. De estilo inglés de la época eduardiana, con inspiración francesa Luis XIII.

Se erige en uno de los barrios no oficiales pero más exclusivos de la Ciudad. Conde al 2066.

Belgrano R es uno de los barrios no oficiales de la Ciudad de Buenos Aires. Lejos del tráfico y el caos de Cabildo y Juramento se levanta la plaza Castelli, el gran pulmón de la zona, que se encuentra rodeada por las vías de la estación de tren. Allí enfrente, emplazado en la esquina de Conde y Juramento se encuentra el Palacio Hirsch, una mansión de 1.200 metros cuadrados, de estilo inglés, que forma parte del patrimonio cultural del barrio. 

El impulsor de la casa fue John Angus, un ingeniero mecánico escocés que fue gerente del primer frigorífico del país, River Plate Fresh Meat Co., ubicado en Campana. Un medio rápido para llegar hasta ahí era por el ferrocarril Buenos Aires-Rosario, trayecto que le dotó de la letra R al barrio para diferenciarlo de la otra estación de Belgrano, la C de Central en referencia a la empresa propietaria del ramal, el Ferrocarril Central Argentino. 

Al frente del diseño y la construcción estuvo el arquitecto inglés John Robert Sutton, que llegó a la Argentina en 1889. La casa proyectada por Sutton es el cuerpo central del edificio, que Angus decidió llamar “Residencia Belmont” y se inauguró en 1895. 

Sin embargo, Angus y su familia disfrutaron pocos años de la señorial casa ya que, en la década de 1910, compró la propiedad Alfredo Hirsch. Un empresario alemán, presidente y copropietario del grupo Bunge y Born. Además supo ser un refinado coleccionista de arte y de platería colonial. Su exquisito gusto lo llevó a comenzar con las modificaciones de la residencia, que con el paso de los años y las ampliaciones llegaría a ser conocida como la “Residencia Hirsch”. A partir de entonces la casa estuvo habitada por su familia (un matrimonio con tres hijos) y otras 12 personas entre mayordomos, mucamas, cocineros y personal de mantenimiento.  

El edificio es de un definido estilo inglés, que responde en líneas generales a la arquitectura barroca eduardiana, que a su vez se basa en la tipología francesa del siglo XVIII. También tiene algunos detalles eclécticos. 

El frente es casi simétrico. Consta de un cuerpo central de dos puntas rematado con una mansarda de pizarra y dos cuerpos laterales curvos, uno de ellos de una sola planta que, de esta manera, ofrece una terraza con balaustrada a las habitaciones adyacentes. Un balcón en el primer piso sostenido por clásicas columnas apareadas, conforma el porche, jerarquizando de esta manera la entrada elevada 3 escalones sobre el nivel del jardín, el cual está protegido por una pared baja con rejas artísticas de hierro forjado. 

Alfredo Hirsch reformó la casa para ampliarla y agregarle comodidades. Lo primero que hizo, fue construir un ala izquierda, en dos niveles, cuando comenzaba la década del ‘20. Se dispuso una gran sala de música en la planta baja y, para engalanar el salón, colocó un órgano de tubos que luego fue donado a la Iglesia de San Patricio. 

Una década después, entre 1930 y 1931 se construyó el ala derecha que fue ocupada por un nuevo gran comedor, decorado con puertas y frisos de la Casa de la Inquisición de Sevilla, piezas del siglo XVI. Esta última ampliación es atribuida al arquitecto húngaro Juan Kronfuss. 

A su vez, se instaló un asesor de marca Otis, que fue el segundo en el país y actualmente sigue funcionando. Entre otros elementos modernos, tenía un sistema de aspiración central, que efectivizaba las tareas de limpieza. 

Durante las décadas que habitó el palacio, Alfredo Hirsch también se dedicó a la colección de arte y de platería colonial. Llegó a tener una de las más importantes del país. Para la exhibición de estas valiosas piezas, en 1928 se agregó un pabellón en el ala derecha de la casa. Obra que se llevó a cabo con la dirección del arquitecto húngaro Kronfuss. Sin embargo, en la actualidad este espacio no expone las piezas ya que sus descendientes decidieron, en los años ‘80, donarlas al Museo Nacional de Bellas Artes. Las 26 obras del siglo XVI y XVII, entre las que se destacan cuadros de Rembrandt y Rubens, se pueden ver en la planta baja del museo, donde se encuentra la Sala Hirsch. 

Hace unos años este edificio pasó por un proceso de rehabilitación y puesta en valor, para salvaguardar una de las mansiones más históricas de la Ciudad de Buenos Aires. En la restauración se decidió que el inmueble volviera, lo más posible, a su diseño primario. Para ello, se consiguieron en Inglaterra los planos originales de Sutton. También se la declaró Patrimonio histórico con protección estructural Ley N° 449 (BO N° 1044). 

En 1998 fue adquirido por una empresa de servicios de construcción y tecnología con el compromiso de restaurarlo. Hoy allí funcionan oficinas y el directorio de ese grupo empresario. Por lo que sus puertas están cerradas al público. 

A pesar de que no se pueda ingresar, es sin duda una casa para apreciar ya que es un testimonio de una época, con valores no sólo arquitectónicos y estéticos, sino también social, pues responde a la formas de vida del momento. Es un emblema para el barrio y para la ciudad, ya que forma parte de los 30 edificios que se conservan de la época dorada de la arquitectura, junto con otros palacios icónicos como el Barolo, Paz, Duhau o Fernández Anchorena. 
Txt: Lola Sadovsky



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