Barrilete argentino: historia, poesía y batalla en el cielo criollo
Barrilete
Desde el juego de arrabal hasta la metáfora cósmica de Maradona, la historia del barrilete vuela alto y nunca pierde piolín
Buenos Aires, viento en popa.
Hubo un tiempo en que no hacía falta tener alas para volar. Bastaba con unas cañas, un poco de engrudo, papel barrilete de colores, trapos para la cola y un alma con ganas de mirar el cielo. El barrilete —también llamado cometa, pandorga, volantín o cajón— es mucho más que un juguete: es una línea entre generaciones, un hilo entre la tierra y los sueños.
El barrilete argentino no es sólo cosa de chicos. Tampoco es mero entretenimiento. Es cultura popular, es historia, es lunfardo y es resistencia. Es ciencia, es guerra y es arte. Es infancia y es esperanza. Y, en una de las imágenes más potentes del imaginario nacional, también es Maradona: “Barrilete cósmico, ¿de qué planeta viniste?”, gritó Víctor Hugo Morales con la voz quebrada y el alma de todos los argentinos suspendida como cometa en el aire.
Esta nota es un homenaje, un vuelo largo con memoria, a ese objeto frágil y hermoso que alguna vez todos quisimos elevar. Y a ese viento —real o simbólico— que hace posible que siga subiendo.
I. Historia universal del barrilete: de Tarento a la NASA
La cometa nació en Oriente, entre seda, papel de arroz y cañas bambú. Se le atribuye a Arquitas de Tarento, 400 años antes de Cristo, la primera versión documentada de un artefacto volador. Pero fue en China donde la cometa encontró su primer apogeo: en el año 594, el emperador Won-ti ordenó su uso para enviar mensajes por sobre las murallas de una ciudad sitiada. Mucho antes de WhatsApp, el cielo ya transmitía lo urgente.
En la batalla de Hastings (1066), Guillermo el Conquistador mandó señales a sus tropas con volantines. Benjamín Franklin, con la audacia de los genios y la inconsciencia de los locos, se puso bajo una tormenta con un barrilete y una llave colgando del hilo para estudiar la electricidad. En la Primera Guerra Mundial, se usaron cometas para levantar antenas y espiar al enemigo desde el aire. Y desde hace décadas, la NASA los utiliza —de diseño sofisticado y materiales como ripstop y fibra de carbono— para medir las corrientes en altura antes del reingreso de cápsulas espaciales.
Pero si el barrilete supo ser cosa seria, no perdió por eso su alma juguetona.
II. El Buenos Aires de la pandorga
En la Buenos Aires colonial, la vida era otra: azoteas sin cables, patios con malvones, cielos despejados. Los barriletes reinaban. Los chicos, y no pocos adultos, se dedicaban con devoción artesanal a su construcción: cañas, papel, cola de trapo. No era solo jugar: era crear, era competir, era volar una parte de uno mismo. Cada pandorga tenía nombre: estrella, cajón, bomba, medio mundo. Cada rincón tenía su leyenda: El Paraguayo, en San Nicolás, con su modelo de 64 cañas. Romualdo, el mulato artesano, que vendía sus obras en el centro y enseñaba que “ganar poco y vender más” era mejor que vivir sin barriletes.
La técnica lo era todo. Un mal tiro y el barrilete no subía. Una cola desbalanceada y se caía como borracho. Pero cuando todo se alineaba —la caña, el papel, el viento— el cielo se llenaba de criaturas danzantes, y los pibes jugaban a ser dioses de la brisa.
Y también, claro, a la guerra.
III. Duelo de cometas: las batallas aéreas
¿Quién dijo que los barriletes eran inocentes? Los memoriosos lo saben: había guerra en los cielos de barrio. La estrategia era simple: se le ataba a la cola del barrilete una hoja de afeitar, una “gillette” cortada en cruz. Con pericia, se maniobraba el barrilete propio para que colee cerca del hilo del rival. Y si había suerte, zas: el corte, la caída, la gloria.
Era un juego feroz pero elegante. Como el ajedrez o el truco, requería más maña que fuerza. Y si se ganaba, el barrilete del otro caía como un soldado vencido, con movimientos epilépticos, como fulminado por un rayo. No faltaba el que corría desesperado para recuperar su cometa antes de que la pisara un colectivo o se enredara para siempre en el alambrado.
IV. El boom plástico y la nostalgia artesanal
Hoy los barriletes vienen hechos. De plástico chillón, con varillas de pino y sin cola. Con imágenes impresas de ídolos populares: Batman, Messi, El Zorro, Perón. Se compran por dos mangos en el semáforo o en la feria del barrio. Se venden más por impulso que por pasión. No hay engrudo, ni papel barrilete, ni tardes enteras armando la estructura. Tampoco hay competencia, ni astucia, ni alma.
Los modernos se arreglan con cinta scotch. Si se rompe una varilla, se compra otra. Si no sube, se deja por ahí. Si vuela, vuela. Pero no emociona igual.
Por eso los nostálgicos —los “grandes boludos” como se dice con ternura— siguen haciendo barriletes como antes. Con caña, hilo grueso y papel fino. Tardan días. Vuelan minutos. Pero esos minutos valen todo.
V. Prohibiciones, ordenanzas y transgresión criolla
Y aquí aparece una de las mayores paradojas porteñas: durante 82 años estuvo prohibido remontar barriletes en la ciudad de Buenos Aires. Desde 1907 hasta 1989, una ordenanza municipal consideró al barrilete un riesgo urbano. ¿Motivos? Cables, tránsito, peligros varios. Como si el alma barriletera pudiera medirse con un código de edificación.
Recién en 1989, en plena primavera democrática, se habilitaron espacios específicos: Parque Saavedra, Plaza Irlanda, Costanera Sur. Pero como dice el tango, “acátese pero no se cumpla”. El cielo no entiende de permisos. La infancia menos. Y los barriletes siguieron subiendo, con rebeldía poética, en Palermo, Lugano, Mataderos o Almagro.
VI. Barrilete cósmico: de juguete a símbolo nacional
Y entonces llegó él. Diego Armando Maradona. El 22 de junio de 1986, en el Mundial de México, frente a Inglaterra, se llevó la pelota desde la mitad de la cancha, dejó a cinco ingleses en el camino y metió el mejor gol de la historia de los mundiales. Y Víctor Hugo, que supo entender que el fútbol es más que deporte, gritó:
“¡Barrilete cósmico! ¿De qué planeta viniste?”
Ahí, en ese instante, el barrilete argentino dejó de ser un juguete para convertirse en símbolo. El barrilete ya no era sólo un trapo con piolín. Era el alma nacional. Era Diego. Era la revancha de los humildes. Era volar más allá de lo posible. Volar con lo justo, con lo mínimo, pero volar.
VII. El festival y la comunidad: barriletes por la vida
Hoy, aunque menos visible, la comunidad barriletera sigue viva. Existen asociaciones como BaToCo (Barriletes a Toda Costa), que organizan festivales, talleres y competencias. Desde Vicente López hasta Rosario, desde la costa hasta los valles, los encuentros de barrileteros convocan a cientos de entusiastas que siguen creyendo en el arte de remontar.
Hay competencias de coreografías, de precisión, de combates al estilo Rokkaku japonés. Se arman barriletes con varillas de carbono, tela de paracaídas y planos descargados de internet. Se vuelan de a dos, de a veinte, con música, con danza, con sentido. Algunos lo hacen en hospitales para chicos enfermos. Otros enseñan en las escuelas. Todos coinciden en algo: cuando el barrilete vuela, el alma se les eleva también.
VIII. Diccionario barriletero y lunfardo del cielo
- Barrilete: término general. También usado como insulto o metáfora (persona que anda sin rumbo, volando en la nada).
- Cometa: nombre formal y castizo.
- Pandorga / Volantín / Cajón / Estrella / Bomba: variantes de diseño.
- Tiros: sistema de hilo que sostiene el equilibrio.
- Cola: cinta de trapo que estabiliza (y que, con hojitas de afeitar, se transforma en arma).
- Remontar: acto de elevar el barrilete.
- Cortar: acción de seccionar el hilo del rival con habilidad aérea.
- Caerse: lo que pasa cuando el viento te suelta o alguien te gana la pulseada.
IX. El hilo que une generaciones
“No es sólo un piolín y un cacho de caña”, dice un barriletero de Rosario. “Cuando lo veo en el aire, soy feliz”, resume otro en Vicente López. La esencia del barrilete no está en la técnica ni en el diseño. Está en lo invisible: en el momento en que el hilo se tensa y algo nuestro se eleva.
Atrás de cada barrilete hay un padre y un hijo. Un abuelo que enseña. Un recuerdo que vuelve. Una tarde de viento que nunca se olvida.
Y cuando, como canta Eladia Blázquez,
“yo he sido igual que un barrilete al que un mal viento puso fin”,
también nos queda claro que la vida, como el barrilete, es un rato suspendido entre el suelo y el cielo.
¿Y vos, cuándo fue la última vez que remontaste uno?
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Que no se corte el hilo.