Manuel Adorni y la borrachera política: el vocero que habla como un drogado, frases que tambalean
El vocero presidencial, Manuel Adorni, apareció otra vez frente a las cámaras y su discurso fue leído como un manual de intoxicación política: frases que tambalean, promesas desorbitadas y una negación rotunda de la realidad. La pregunta que sobrevuela: ¿qué significa estar borracho de política y drogado de relato?
Un discurso con olor a resaca
“Sin dudas, cometimos errores, pero no vamos a modificar el rumbo”. Con esa frase, Adorni inauguró su sermón del jueves 11 de septiembre en A24. Reconoció el tropezón electoral, pero al mismo tiempo aseguró que el camino es el correcto. ¿Qué lógica hay detrás? Ninguna. O, mejor dicho, la lógica del que está pasado de copas: admitir que se cayó al piso, pero insistir en que estaba bailando perfecto.
Adorni habló como quien arrastra palabras después de varias rondas: prometió que en octubre van a “arrasar”, aseguró que “bajaron la pobreza 20 puntos” y juró que no habrá vuelta atrás. Más que un análisis, fue un trance político, un viaje químico en el que la derrota se transforma en victoria y la inflación del 211% es apenas una anécdota en el camino hacia la gloria.
La droga dura del poder
No se trata de acusar a Adorni de sustancias reales, sino de algo más grave: la adicción al relato político. Como un adicto empedernido, necesita la dosis diaria de consignas para sostenerse: “No vamos a ceder a volvernos Venezuela”, “la gente se tiene que adaptar al sistema”, “el populismo estaba mal”. Son líneas que no informan, sino que anestesian, como si fueran inhalaciones de relato para calmar la ansiedad de un gobierno tambaleante.
El filósofo Nietzsche decía que “quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo”. Adorni invierte esa frase: fabrica “porqués” ficticios para tapar la insoportable evidencia del “cómo”. Y ahí aparece la borrachera política: una distorsión de la percepción, donde la derrota se ve como victoria y la crítica como conspiración.
Filosofía de la borrachera política
Estar en pedo políticamente es un estado mental donde se pierden tres cosas:
- La noción de la realidad: el votante castiga en las urnas, pero el vocero insiste en que “el pueblo nos acompaña”.
- La capacidad de autocrítica: se admite un “error” pero se insiste en que el rumbo no cambia, como el borracho que jura que maneja mejor después de cinco copas.
- El sentido de la proporción: hablar de “arrasar” en octubre cuando se perdió en septiembre es como brindar por el casamiento cuando la novia ya se fugó.
Platón advertía sobre el peligro de los gobernantes dominados por la hybris —la soberbia desmedida—, porque no ven límites ni escuchan razones. En Adorni, esa hybris toma forma de una intoxicación: palabras infladas que funcionan como alcohol de baja calidad, capaz de dar euforia momentánea pero con resaca garantizada.
Culpas y excusas de borrachín
Como todo borracho empedernido, Adorni buscó culpables externos: la maquinaria kirchnerista, los intendentes, el sistema electoral que “no quiso adaptarse al siglo XXI”. En su relato, la caída nunca es por torpeza propia, siempre es porque el mozo empujó la mesa o la pista estaba resbaladiza.
Entre la euforia y la negación
El vocero se mueve entre dos extremos: la euforia —“en octubre vamos a ganar, pero no solo ganar, queremos arrasar”— y la negación —“la pobreza bajó 20 puntos”. Ambas son fases clásicas de la borrachera política: primero el grito triunfal, después la desconexión total con los hechos.
Adorni habló de “sacrificio” y “prosperidad futura” como quien promete el paraíso después de un último vaso. Y mientras tanto, la inflación sigue en niveles récord y la derrota electoral dejó una marca indeleble.
La pregunta incómoda
¿Qué pasa cuando un gobierno entero se emborracha políticamente? Pasa lo que advertía Cicerón: “No hay peor tiranía que la ejercida bajo el disfraz de la libertad”. Se promete un futuro glorioso, se pide paciencia infinita y se culpabiliza a la gente por no “adaptarse” al nuevo sistema.
La borrachera política, como toda intoxicación, termina en caída. Puede ser lenta o abrupta, pero siempre llega la resaca. Y cuando pase el mareo, quedará la pregunta: ¿quién conducía el auto mientras el vocero hablaba con la lengua trabada del relato?
Fuente exclusiva: Palermo Online Noticias (https://palermonline.com.ar/)
Si querés participar con tu opinión, escribinos a: lectores@palermonline.com.ar