Palermo: cuando la arqueología le puso fin al mito del Polvorín del Botánico

Durante décadas se dijo, casi con tono solemne, que bajo los invernaderos del Jardín Botánico Municipal de Buenos Aires dormían los restos del Polvorín de Cueli, un depósito de pólvora colonial que habría sobrevivido a todo. Los folletos turísticos lo incluyeron, los guías lo señalaban, los libros de historia local lo daban por hecho.

Pero en Palermo, como en cualquier barrio con memoria, las certezas duran lo que dura el silencio. Cuando los arqueólogos se metieron otra vez en la tierra y removieron escombros, la verdad apareció: ahí abajo no había pólvora, ni murallas coloniales. Solo los restos torpes de un invernadero construido en los años 20.

La historia de cómo se creó y cómo se derrumbó esa leyenda está contada en un trabajo del Centro de Arqueología Urbana dirigido por Daniel Schávelzon, publicado originalmente en 2009 y actualizado en agosto de 2024. Es también el relato de cómo Buenos Aires construye sus mitos con la misma facilidad con que los destruye.


Cómo nació la leyenda

Todo empezó en 1985. Un equipo de arqueólogos realizó una exploración rápida en el terreno del Botánico, en una zona semienterrada bajo un invernadero metálico. Allí encontraron unos muros de ladrillo, una serie de arcos extraños y cimientos que parecían más antiguos que la estructura visible.

La asociación fue automática: en esa esquina, siglos antes, estuvo el Polvorín de Cueli, un pequeño depósito de pólvora levantado en los últimos años del período colonial. No había pruebas concretas, pero la hipótesis quedó escrita en un informe académico.

Lo que pasó después fue puro efecto dominó:

  • La noticia saltó a los medios.
  • Una revista barrial reprodujo el informe.
  • Los historiadores del Botánico lo asumieron como verdad.
  • Se incorporó a la folletería oficial y a los circuitos de visitas.

Para cuando llegó la década del 90, la historia se había transformado en argumento político: incluso se usó en un juicio para impedir la privatización del parque.


Las dudas nunca se fueron

La realidad es que ni siquiera los propios arqueólogos estaban convencidos. La construcción hallada era extraña y los restos no tenían fecha cierta. La única “prueba” adicional fue una moneda de 1827 encontrada en algún lugar cercano, sin contexto estratigráfico claro.

Con el paso de los años, y ya con mejores conocimientos sobre la arquitectura del siglo XIX y XX en Buenos Aires, el equipo se dio cuenta de que las bases con arcos no eran tan excepcionales.

En 2000, una obra de demolición destruyó parte de la estructura subterránea, dejando visible solo la construcción metálica. Y entonces quedó una idea pendiente: volver a excavar, pero en serio, para entender qué había sido ese lugar.


La excavación de 2005: del mito a los hechos

Veinte años después de aquella primera visita, los arqueólogos abrieron trincheras. La estrategia fue clara: cortar de lado a lado el cantero donde estaban los restos y documentar todo.

El hallazgo fue contundente. Lo que se había atribuido al polvorín era en realidad el esqueleto de una construcción del siglo XX, conocida como Invernadero Caliente:

  • Una estructura en forma de T, con parte semienterrada.
  • Arcos de ladrillo improvisados, sin ingeniería, para sostener el piso.
  • Un sistema de cañerías y caldera para mantener el calor y la humedad.
  • Dos niveles de piso y restos de remodelaciones.

Nada de murallas coloniales ni de depósitos de pólvora.


¿Qué había en los escombros?

Los estratos de tierra revelaron la verdad. Allí abajo había:

  • Fragmentos de macetas.
  • Vidrios rotos.
  • Latas y botellas.
  • Un calendario plástico de 1999 y monedas de ese mismo año.
  • Restos orgánicos, basura común del Botánico.

Todo de los últimos 120 años. Las pocas piezas más antiguas (una botella verde inglesa y fragmentos de loza) estaban fuera de contexto, mezcladas con la tierra traída de otros lados.


Las “vidrieras” olvidadas

La excavación también aclaró otro malentendido: unas paredes bajas halladas en 1985 habían sido confundidas con los muros de ronda que rodeaban al polvorín. En realidad eran las bases de las vidrieras que usaba el personal del Botánico a comienzos del siglo XX.

Las vidrieras eran estructuras simples: paredes paralelas cubiertas con vidrio para germinar plantines. Según los planos de 1910, desaparecieron hacia 1926, cuando se construyó el Invernadero Caliente.


El Polvorín de Cueli: historia y ubicación

La existencia del Polvorín de Cueli no está en duda. Documentos del siglo XIX lo ubican en un terreno triangular entre Santa Fe, Las Heras y Siria (antes Malabia). Allí se levantó un edificio rectangular de ladrillos, con techo de tejas y muros perimetrales.

El depósito fue demolido hacia fines del siglo XIX, probablemente cuando se preparó el terreno para crear el Jardín Botánico. Para 1892, año del levantamiento topográfico de Carlos Thays, ya no quedaban restos.

Por eso en los planos de esa época el edificio no aparece y lo que se excavó en 1985 y 2005 no tiene ninguna relación con el viejo polvorín.


¿Por qué tanta confusión?

El informe explica que la combinación de una construcción rara, un hallazgo preliminar mal interpretado y el deseo colectivo de tener “ruinas” en Palermo fueron suficientes para crear el mito.

En palabras del propio Schávelzon:

“El imaginario popular se depositó allí y creó esa fantasía. Cuando no se puede explicar un hallazgo, se lo asocia a lo que se espera encontrar. Con los años, esa hipótesis se transformó en verdad.”


Palermo, la yerba mate y un experimento olvidado

El trabajo arqueológico también trajo a la superficie otra historia importante. En los canteros cercanos al invernadero, Carlos Thays hizo a fines del siglo XIX los primeros experimentos para domesticar la yerba mate, hasta entonces recolectada solo en estado silvestre.

Gracias a esas pruebas se comprobó que la planta podía cultivarse en otras zonas y soportar bajas temperaturas. Ese avance abrió el camino para el cultivo controlado en Misiones y Corrientes.

Aunque en las excavaciones no se hallaron semillas originales, la documentación confirma que en el Botánico nació la industria de la yerba mate tal como hoy la conocemos.


Los planos y las huellas del pasado

Los investigadores revisaron planos de 1863, 1867, 1892, 1910 y 1936, comparando el crecimiento de la ciudad y los cambios en el terreno. La cartografía muestra:

  • Hasta 1885, el terreno incluía depósitos y construcciones ligadas a la pólvora.
  • En 1892, ya no quedaban restos y empezaba el diseño del Jardín.
  • En 1901, aparecen las vidrieras para plantines.
  • En 1925, se construye el Invernadero Caliente.

Cada capa de plano confirma que, cuando se levantó el Botánico, el polvorín ya era historia.


Una lección para el presente

El caso del Botánico es un ejemplo perfecto de cómo funciona la ciencia: las hipótesis se revisan, se corrigen y, cuando hace falta, se descartan.

Lo que empezó en 1985 como una intuición terminó, casi 40 años después, en una conclusión clara: el Polvorín de Cueli no está ahí.

La investigación no solo corrigió una creencia, sino que también invita a pensar cómo los mitos urbanos moldean la identidad de un barrio.


¿Y ahora?

El Botánico sigue guardando secretos, pero el polvorín ya no es uno de ellos.
La gran pregunta es: ¿dónde están los restos reales?. Los documentos apuntan a la misma manzana, pero los arqueólogos creen que, si todavía existe algo, está enterrado en un sector que no forma parte del actual jardín.

Tal vez otro día, otra generación, levante la tierra y lo encuentre.


Palermo sin mito, pero con historia

Hoy, entre las estatuas y las plantas tropicales, el Botánico respira otra verdad: la de su propia transformación. De cuarteles y depósitos coloniales a invernaderos improvisados, y de ahí a paseo público.

La leyenda del polvorín se cae, pero Palermo gana algo mejor: una historia contada con datos y documentos.


Fuente: Centro de Arqueología Urbana – Ponencia “Verdad, leyenda y arqueología: excavando en el Jardín Botánico de Buenos Aires”, revisada y actualizada en agosto de 2024.


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