El establishment inquieto, el Congreso rebelde y el superávit que se achica

El establishment con la ceja levantada

El clima en el círculo rojo financiero ya no es de aplauso fácil. La foto sonriente de Javier Milei en el Council of the Americas contrastó con la mueca de los banqueros que, entre copa de vino y susurros, mascullaban su malestar. La suba de encajes y el control diario de saldos los dejó con las manos atadas: menos margen para prestar, más costos para sobrevivir en un sistema que ya venía anémico de crédito. “Queremos que los bancos trabajen de bancos”, habría dicho Milei, como si el bisturí fiscal bastara para torcer décadas de especulación financiera.

El oficialismo repite que el aumento de tasas es temporal, un puente hasta que pase la tormenta electoral bonaerense. Pero los banqueros, que todavía sostienen al Presidente en su cruzada contra el “kirchnerismo residual”, empiezan a preguntarse cuánto más podrán resistir si el corset monetario se mantiene.

La industria, entre aplausos y quejas

Los industriales, esos que hoy celebran la prédica antiestatista, también empiezan a sentir el golpe en carne propia. La restricción al crédito erosiona el capital de trabajo: se complica pagar quincenas, sostener stocks, financiar exportaciones. En la UIA hay aplausos medidos y advertencias en voz baja. Nadie quiere ser el primero en enfrentarse al gobierno, pero tampoco en quedar atrapado si la economía se frena de golpe.

El discurso de Milei sobre un eventual fraude kirchnerista en el conurbano sonó más a ruido que a música. En el Council varios empresarios coincidieron en que el fantasma electoral genera inestabilidad innecesaria: “Si esto se transforma en una batalla de denuncias, la celebración democrática quedará manchada”, deslizó un referente fabril.

El Congreso, otra vez en contra

Mientras Milei predica la “revolución libertaria” en foros internacionales, el Congreso lo golpea en casa. El Senado aprobó por abrumadora mayoría la emergencia en pediatría, con 62 votos a favor y apenas ocho en contra. Fue un nuevo cachetazo para el oficialismo, que ve cómo sus vetos y resistencias no logran contener una agenda parlamentaria que, a contramano, le impone prioridades: hospitales funcionando, salarios recomponiéndose y médicos exentos de impuestos cuando la guardia se vuelve interminable.

Los testimonios en el recinto fueron demoledores. Luis Juez, con el recuerdo de su hija paciente del Garrahan, quebró la grieta en nombre de los padres desesperados. Alicia Kirchner recordó que “la timba financiera no cura” y Guadalupe Tagliaferri advirtió que gobernar es reconocer los problemas y resolverlos. El mensaje fue transversal: la infancia no se negocia.

El frente externo: dólares que se evaporan

Como si la política interna no fuera suficiente, el frente externo también aprieta. Lo que a fines de 2024 se prometía como un año récord de superávit comercial terminó en espejismo. Las consultoras ya recortan las proyecciones: de los casi 19.000 millones de dólares de 2024, se pasará a apenas 6.000 millones en 2025.

La razón es simple: el tipo de cambio alentó importaciones, que saltaron entre 13.000 y 16.000 millones adicionales. Las exportaciones, en cambio, permanecieron chatas, sin viento de cola internacional ni políticas que las empujen. La consecuencia: más presión sobre el dólar y sobre una balanza comercial que empieza a mostrar déficit estacional en la segunda mitad del año.

El telón de fondo: un país en tensión

Banqueros inquietos, industriales en guardia, un Congreso que marca la cancha y un comercio exterior que se desinfla. Todo ocurre a semanas de una elección clave en Buenos Aires, el bastión que puede darle a Milei el control político que hoy se le escurre entre las manos.

La pregunta, entonces, es brutal en su simpleza: ¿aguantará el andamiaje económico hasta después de octubre? ¿O la realidad, con su crudeza de tasas imposibles, hospitales desfinanciados y dólares en fuga, terminará imponiendo el límite que la política todavía se resiste a aceptar?

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