La Casa Militar, en manos de Karina Milei: la seguridad del poder bajo sospecha
Imaginá un partido de fútbol en una canchita de barrio. El referí nunca llega, los arcos están torcidos y nadie controla si entran veinte hinchas más por la puerta del fondo. Esa imagen, desprolija y caótica, es la que mejor explica lo que hoy pasa en la Casa Militar, la unidad que debería custodiar nada menos que la Casa Rosada.
En los papeles, la Casa Militar se encarga de proteger al Presidente, a su familia y a la sede del poder. Coordina con la Policía Federal, con los Granaderos y hasta puede pedir apoyo a la Policía de la Ciudad. Suena serio, pero en la práctica todo se concentra en la Secretaría General de la Presidencia, dirigida por Karina Milei. Sí, la hermana del Presidente, que se custodia a sí misma.
Ahí está la paradoja: los barridos técnicos, los controles de accesos, los protocolos de seguridad, todo termina dependiendo de la voluntad política de una familia. Y cuando la seguridad se maneja como un asunto doméstico, los resultados son inevitables: improvisación, filtraciones y papelones.
Por eso, decir que la Casa Militar no garantiza ni un partido de fútbol no es metáfora exagerada, es la constatación de que ni siquiera podrían asegurar que los equipos entren por el mismo túnel sin que alguien se cuele. Si no logran blindar un acto de cierre de campaña en Plaza de Mayo, ¿cómo van a dar confianza a la primera potencia del mundo?
La Casa Militar, que alguna vez fue símbolo de resguardo institucional, hoy es apenas un chiste cruel que deja a la Argentina expuesta, vulnerable y con la cancha abierta para que cualquiera meta un gol en contra.
TORTAS MADE IN KARINA
La Argentina acaba de protagonizar un nuevo bochorno internacional con el papelón de la exención de visas en EE.UU., y la pregunta inevitable se repite en voz baja en embajadas, redacciones y cafés políticos: ¿por qué nuestro país no es confiable ni siquiera para organizar un acto de cierre de campaña?
La respuesta se encuentra en el corazón del poder: la Casa Rosada. Allí, la seguridad no depende de una estructura profesional autónoma, sino de la Casa Militar, que responde directamente a la Secretaría General de la Presidencia. ¿Y quién está al frente de esa Secretaría? Karina Milei, la hermana del Presidente.
Seguridad a medida de una familia
La Casa Militar tiene funciones delicadas: coordina y supervisa medidas para proteger la Casa Rosada, al Presidente y a sus familiares. En los papeles, debería ser la primera línea de defensa institucional. En la práctica, termina siendo un sistema que responde a los intereses y caprichos de “La Jefa”, como llaman a Karina en los pasillos oficiales.
El esquema se articula con la Policía Federal y el Regimiento de Granaderos a Caballo. En algunos eventos puede sumarse la Policía de la Ciudad. Pero la cadena de mando finaliza en un despacho donde se priorizan lealtades personales antes que protocolos serios.
El chiste que no causa gracia
Los barridos técnicos, el control de accesos, la revisión de lugares críticos, todo eso —que debería garantizar sobriedad, profesionalismo y confianza institucional— termina bajo la órbita de una funcionaria sin experiencia en seguridad, cuya principal credencial es ser la hermana del Presidente.
Es como si el custodio de un banco fuera también el hijo del gerente: el conflicto de interés es tan obvio que roza la burla. Cualquier incidente en la seguridad interna de la Casa Rosada —un micrófono mal colocado, una filtración de audios, un atentado— es responsabilidad directa de la Casa Militar, que en este caso responde a Karina Milei.
Parece un chiste, pero no lo es.
El costo de la ineptitud
El episodio de Washington, donde EE.UU. frenó la exención de visas, no se explica solo por errores de coordinación interna de aquel país. También pesó la percepción de que la Argentina carece de confiabilidad institucional. Y esa desconfianza se refuerza cuando la seguridad presidencial está regida por la improvisación familiar.
¿Quién puede confiar en un país que delega el resguardo del poder político en una hermana sin antecedentes, más preocupada por disciplinar militantes que por blindar la sede del gobierno?
Filosofía de la desconfianza
Decía Kant que la confianza es el tejido invisible de la vida política. Sin confianza, no hay pacto posible. Y lo que muestra hoy la Argentina es un poder resguardado por la improvisación y la soberbia de una familia.
No se trata solo de un detalle protocolar: es la radiografía de un Estado colonizado por intereses personales, donde los errores se vuelven inevitables y los papelones internacionales, moneda corriente.