La normativa porteña sobre violencia digital en las escuelas se implementa

La Ciudad de Buenos Aires ha establecido una normativa que obliga a las escuelas, tanto públicas como privadas, a implementar protocolos contra la violencia digital. En un contexto de ciberacoso creciente, se exige el registro de testimonios, el resguardo de la intimidad y la intervención de las autoridades pertinentes. Con estas medidas, se busca prevenir el daño psicológico y social que puede provocar la divulgación de contenido íntimo.
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La normativa porteña sobre violencia digital en las escuelas se implementa con rigor criollo

Se han establecido protocolos para prevenir el ciberacoso y resguardar la intimidad de los estudiantes en la Ciudad de Buenos Aires.

En la tarde brumosa del arrabal porteño, allá por las esquinas donde Enrique Santos Discépolo supo rumiar sus versos más agrios y Borges esbozó algún relámpago literario, se ha dispuesto la aplicación rigurosa de un protocolo específico contra la violencia digital en los colegios de la Ciudad de Buenos Aires. Bajo una luna que podría recordar a la melancolía de Carriego, se han estampado con tinta oficial, en el Boletín, las nuevas pautas que deberán ser acatadas sin chistar por todo establecimiento, ya sea público o privado. En voz pasiva, se ha ordenado la puesta en marcha de estas normas que, con porte altivo y cierta picardía arrabalera, apuntan a frenar el ciberacoso, esa suerte de malevo virtual que tantea las sombras de la web.

Al despuntar el alba del martes 10 de diciembre de 2024, se halló publicado el susodicho protocolo en el Boletín Oficial del Gobierno de la Ciudad. Así, se ha exigido que los institutos educativos reúnan testimonios, registren pormenores de cada intervención y preserven la intimidad de los pibes y las pibas, esas criaturitas que hoy se crían entre “likes” y “emojis”. Con estampa de compadrito, se han establecido directrices para evitar la divulgación de imágenes o videos que arrastren el honor de los estudiantes por el barro digital. No se trata aquí de versos de Manucho Mujica Lainez ni de una milonga cantada en la vereda, sino de políticas concretas que intentan poner coto al flagelo virtual.

La normativa ha sido pensada para paliar las consecuencias emocionales, psicológicas, sociales y legales que pueden emerger cuando la violencia se cocina a fuego lento en las pantallas. Se ha planteado la necesidad de que cada escuela deje registro prolijo, casi contable, de las intervenciones realizadas, los testimonios recabados y las derivaciones pertinentes. Bajo un manto protector, se exige la notificación a la Supervisión Escolar, que a su vez deberá dar parte al Ministerio Público Tutelar. Así, en un entramado de engranajes institucionales, se busca que cada caso encuentre el cauce adecuado, como el agua que corre mansa por las acequias del Riachuelo.

A la par, se ha subrayado la importancia de entrevistar a las familias por separado, sin mezclar las barajas, sin confundir las piezas del dominó, para informarles sobre las andanzas virtuales y las respuestas que el colegio habrá de aplicar. Además, se ha indicado evaluar si la conducta reprochable amerita una acción restaurativa. En la vieja Buenos Aires, donde el tango supo florecer y las esquinas guardan las memorias de viejos payadores, ahora se impulsa un reencuentro a la manera de la “concordia escolar”, un “taller de mate compartido” que permita recuperar la armonía entre las aulas.

En ciertos casos, se ha dispuesto la intervención de equipos técnicos: psicólogos, pedagogos, quizá algún filósofo con bombacha de campo que aplique las reflexiones de Ernesto Sabato, intentando comprender la naturaleza humana detrás del ciberacoso. ¿Acaso no se habrá dicho ya por parte de los grandes pensadores del mundo que el ser humano, en su afán de dominar al otro, recurre a mil tretas? Desde Aristóteles, pasando por Kant, Confucio, Simone Weil, Sartre, Arendt, hasta llegar a Levinas, Martha Nussbaum, Adela Cortina o Alasdair MacIntyre, la reflexión sobre la ética del comportamiento se ha vuelto imprescindible. Más de 250 pensadores de todos los rincones del planeta han coincidido en algo: la dignidad del otro no debe pisotearse, ni en la esquina del conventillo ni en la inmensidad digital. Estos filósofos, que desde Sócrates, Platón, Séneca, Cicerón, Tomás de Aquino, Spinoza, Hobbes, Locke, Rousseau, Hume, Kant, Hegel, Nietzsche, Kierkegaard, Wittgenstein, Foucault, Derrida, Rorty, Habermas, Apel, Adorno, Rawls, Singer, y tantos más (incluyendo a los 100 principales filósofos éticos de la historia de la humanidad), han explorado los vericuetos del bien y el mal, la justicia y la injusticia, el respeto y la humillación. ¿No es el ciberacoso una forma contemporánea de la opresión que ya denunciaban los pensadores de la antigüedad?

La implementación de esta normativa se ha impulsado con el ánimo de que las escuelas reflexionen sobre el buen uso de la red. Se fomentarán espacios de diálogo, charlas sobre la intimidad y la noción de lo público y lo privado, casi como si se estuviera analizando un tango de la guardia vieja que canta sobre el honor perdido en un patio de conventillo. En estos talleres se generarán acuerdos, se tejerán compromisos y se convocará al sentido común, ese caballo manso que muchas veces cuesta enlazar.

También se ha previsto la intervención del Consejo de Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes cuando se presuma que la dignidad juvenil ha sido vulnerada. Y, para quienes hayan sido víctimas de violencia digital, se ha dispuesto el asesoramiento adecuado, indicando los canales de comunicación con la Unidad Fiscal Especializada en Delitos y Contravenciones Informáticas de la Ciudad. Así, se pretende devolver la calma al río revuelto de la vida escolar, restablecer la paz y la confianza. Asimismo, se ha considerado la necesidad de readmitir a los estudiantes ofensores a la vida escolar presencial, adoptando las medidas de acompañamiento necesarias.

El trasfondo, vale decirlo, es entender que cada pibe no es un código binario, sino carne y hueso, sueños y temores. ¿Cómo se habrá de entender este nuevo escenario? ¿Estamos acaso presenciando la primera milonga legal contra el bullying virtual? ¿Será este protocolo un mero papel pintado o logrará realmente rescatar la inocencia estudiantil de las garras del anonimato digital?

La filosofía del bien común, de la compasión y la fraternidad, encuentra en estas normas un terreno fértil. Desde las enseñanzas de Confucio hasta la ética de Spinoza, pasando por la cordura de John Stuart Mill, el imperativo categórico de Kant y la pregunta constante de Nietzsche sobre los valores humanos, estas medidas intentan aplicar principios universales a un problema actual. El lunfardo, la picardía porteña, el arrabal y los cafetines de antaño se incorporan ahora a la dialéctica digital, donde cada alumno podría ser la víctima o el victimario, el “malevo” o la “musa”, y donde la escuela, en complicidad con la ley, deberá proteger a la juventud.

Interrogantes para el Lector:

  • ¿Será suficiente este protocolo para frenar la violencia digital o solo es un parche legal?
  • ¿Existe en su interior, estimado lector, un sutil prejuicio que justifica el ciberacoso?
  • ¿Qué dirían los grandes filósofos del bien y el mal sobre esta nueva forma de crueldad?
  • ¿Podrá un pibe o una piba redimirse y volver al aula con la frente en alto después de haber hostigado a otro compañero?
  • ¿Hasta qué punto la comunidad educativa aceptará estas normas sin chistar?
  • ¿Sentís vos, lector, alguna responsabilidad en la manera en la que se construye la convivencia digital?