Jorge Macri ya no gobierna: quiere multar a los pobres por buscar comida en la basura

Mientras crece el hambre, el Gobierno de la Ciudad decide perseguir a quienes revuelven bolsas en busca de comida. Una medida más propia de una distopía liberal que de una sociedad civilizada. La reacción en redes fue unánime: repudio, bronca y memoria.

Jorge Macri ya no gobierna: administra escombros desde un despacho vacío. Sin base política, sin calle, sin aliados reales, quedó como un gerente interino en una Ciudad que le queda gigante. Su gabinete es un rejunte de obedientes sin ideas, y él gobierna por WhatsApp, encerrado entre trolls, planillas de Excel y viejos slogans reciclados. No camina la calle, no escucha a nadie y no resuelve ni lo básico. Perdió la brújula, el mapa y hasta el GPS. En las comunas no lo conocen, en los barrios lo putean, y en los medios lo toleran por protocolo. Hasta los propios lo esquivan: lo ven como un cuerpo extraño, ajeno a la historia porteña. Jorge Macri está solo, acorralado y sin alma. Ya no lidera nada: apenas flota, esperando que lo jubilen.


El pan no se tira. El pobre no se multa.

En una ciudad donde los comedores populares cierran por falta de ayuda estatal y las heladeras solidarias ya no dan abasto, el jefe de Gobierno Jorge Macri decidió dar un paso más en su cruzada punitivista: ahora quiere multar a las personas que revuelvan la basura en la vía pública. Es decir, a los que tienen hambre. A los que el sistema echó por la puerta de atrás. A los que no tienen voz.

Y lo hace con la frente alta, rodeado de funcionarios trajeados que nunca pasaron un día sin comer. Lo anunció con tono de gerente de country: “Vamos a sancionar a quienes rompan bolsas de residuos”. Lo dijo sin pestañar. Sin ruborizarse. Sin entender, o sin querer entender, que esas bolsas son el último refugio para miles de porteños.


Multar la miseria: la marca Macri

La medida es, en términos prácticos, un castigo a la pobreza. En términos simbólicos, es aún peor: criminaliza la desesperación. Jorge Macri no está combatiendo el delito, está haciendo política con los estómagos vacíos. Mientras los narcos se pasean por Constitución y los punteros hacen negocios en asentamientos sin agua ni luz, el gobierno porteño elige ir contra un cartonero, contra una madre que busca sobras, contra un jubilado que junta latas para pagar el alquiler.

¿Quién puede pensar que eso es gobernar? ¿Dónde está la épica de la gestión? ¿Qué tipo de moral sostiene que multar a un indigente es una política pública?


Las redes estallaron: “Micky Vainilla es más solidario que vos”

La reacción fue inmediata y feroz. En X (antes Twitter), miles de usuarios descargaron su indignación.
@fedezuber ironizó: “Tenía que meter toda la basura en el container pero al policía lo dejó afuera”.
@simelacortas fue directo al hueso: “Desgraciado, infeliz, malparido en Argentina, indigno, inhumano”.
Y @pituca14141414 resumió lo que piensa media ciudad: “Dale laburo entonces, hijo de yuta”.

No faltaron las comparaciones con Micky Vainilla —el personaje clasista de Capusotto— ni las críticas a la inacción del gobierno en temas verdaderamente urgentes. “Muy bien, duro contra los más peligrosos. ¿Y con los autos sin patente o que tapan rampas qué hacemos?” se preguntó @marcosjcr_.

Mientras tanto, Macri tuitea como si fuera influencer de Nordelta, ajeno a todo.


La crueldad como doctrina de gobierno

No es la primera vez que la gestión PRO elige este camino. Ya vimos lo que hicieron con los jubilados en Plaza Lavalle. Ya vimos cómo cerraron centros de día, desalojaron familias y recortaron programas sociales. Ahora les toca a los que revuelven la basura. Porque siempre hay alguien más débil a quien pegarle. Esa es la regla de oro del macrismo: golpear para arriba jamás, disciplinar para abajo siempre.

En vez de diseñar políticas para reducir el hambre, eligen esconderlo bajo multas. En vez de abrir comedores, quieren tapar con sanciones las bolsas rotas que escupen la verdad del modelo: que la pobreza crece, que el hambre se huele en cada esquina y que la desigualdad ya no se puede maquillar con apps ni bicisendas.


¿Quién limpia el alma de una ciudad que castiga al hambriento?

Palermo, Recoleta, Once, Constitución. En todos los barrios hay alguien revolviendo una bolsa. Es la postal cotidiana del fracaso colectivo. No hay indignidad en buscar comida. La indignidad está en no hacer nada para evitarlo. O peor: en mandar un policía a multarte cuando lo hacés.

Macri quiere una ciudad limpia. Pero lo único sucio es su mirada. Porque no se trata de higiene urbana. Se trata de humanidad.


¿Qué opinás de esta medida? ¿Dónde creés que termina esta lógica represiva?
Escribinos a lectores@palermonline.com.ar. Porque en Palermo, como en toda Buenos Aires, el que tiene hambre no es un delincuente.