La joda que vive Palermo en materia de seguridad mientras la policía le pega a los jubilados

Mientras las fuerzas de seguridad se dedican a desalojar comedores populares y a reprimir manifestaciones de jubilados, en el barrio de Palermo los vecinos duermen con miedo: una nueva modalidad de robo acecha los edificios residenciales. La Policía, ausente o mal enfocada, parece no saber dónde está parada.


Palermo desvalijado, Olivos blindado

El viernes 1 de agosto, mientras los funcionarios del gobierno brindaban con whisky importado en oficinas calefaccionadas y la ministra Bullrich hablaba de “orden”, un departamento ubicado en Mansilla al 3700 fue vaciado por un ladrón solitario que caminó tranquilo por el edificio. La damnificada, madre de familia, perdió sus ahorros, las notebooks del trabajo y el dinero del viaje de egresados de su hija. Todo mientras las cámaras de seguridad de la zona siguen sin funcionar y las patrullas policiales brillan por su ausencia.

“El tipo fue piso por piso, tanteando las puertas, viendo si había gente”, declaró la víctima, quien volvió a su casa al día siguiente y se encontró con la escena que ningún vecino quiere ver: puerta forzada, muebles revueltos, cajones abiertos y el silencio helado de la impunidad.

La escena se repite como un loop perverso en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. No hay patrullas, no hay alarmas, no hay presencia estatal en los barrios… salvo que haya que reprimir una olla popular o clausurar un centro comunitario. Ahí sí aparecen cinco móviles, quince efectivos y un fiscal en tiempo récord.


La policía no está para protegerte (si sos pobre o clase media)

El parte policial fue el típico: “robo en ausencia de moradores”. Traducción: “te entraron cuando no estabas, jodete”. No hubo testigos, no hubo huellas (el ladrón usó guantes), y la única cámara que registró algo es privada, instalada por una vecina harta de que el Estado le dé la espalda.

Mientras tanto, el Ministerio de Seguridad invierte millones en operativos de saturación en comedores populares, la Comisaría 14A no puede garantizar la seguridad en una de las zonas más caras de la Ciudad, y Mauricio Macri, uno de los arquitectos de este Estado ausente, sigue viviendo blindado en su mansión de Olivos, sin enterarse de nada.


El miedo ya no es un recurso de campaña: es cotidiano

La víctima no es una figura pública ni una influencer. Es una vecina más que trabaja, cría una hija y vive en un barrio donde los alquileres son impagables, pero la seguridad vale lo mismo que en una zona liberada. “Tengo miedo”, dijo en una nota con TN. Una frase que se escucha cada vez más en Palermo, Recoleta, Colegiales, Almagro, y que no figura en ninguna estadística oficial.

El contraste es brutal. Mientras se militarizan las protestas sociales, los delincuentes caminan como si fueran dueños de los pasillos. Palermo, zona turística por excelencia, donde los departamentos se alquilan en dólares y los cafés cobran $6.000 un brunch, no tiene presencia policial efectiva. ¿Qué queda para el resto de la ciudad?


El país de los parches y los portones eléctricos

Argentina vive una paradoja letal: se invierte en garitas privadas, alarmas vecinales, botones antipánico, rejas, perros guardianes y cámaras de seguridad… pero no en justicia ni prevención real. La policía responde tarde y mal. Los jueces liberan rápido. Los ladrones aprenden rápido. Y los vecinos, con razón, desconfían de todos.

Mientras Milei repite como un loro la teoría de Menger y le cierra la puerta a los jubilados y discapacitados, Palermo se hunde en una inseguridad cada vez más silenciosa y violenta. No hay motos ni chalecos que frenen al miedo cuando se instala en casa. Y eso, aunque no lo digan los partes oficiales, ya es una forma de derrota.


¿Cuántos departamentos más van a vaciar mientras la policía reprime comedores? ¿Cuánto más vamos a tolerar este doble estándar del Estado?

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